La reinvención del Mini ha sido, y es, un éxito comercial rotundo: más de 1,2 millones de unidades vendidas en todo el mundo desde que BMW cogiese las riendas de la marca evidencian que ha calado, y que lo ha hecho de verdad. Es evidente que el coche, ante todo, es un capricho, eso sí, de excelente factura. Su habitáculo es casi biplaza a nada que las butacas delanteras viajen un poco retrasadas, y el maletero es realmente pequeño.
El Clubman amplía los 3.70 metros que el Mini normal mide de largo a 3.95. Y lo mismo la batalla, que pasa de 2.47 a 2.55 metros. El resultado son unas plazas traseras estrechas para tres ocupantes -sin coste se puede solicitar configurado para cuatro pasajeros-, pero válidas para dos y con espacio suficiente para las piernas, en la línea de un utilitario medio.
El equipamiento es bastante completo, aunque puede duplicar el coste del coche recurriendo a la interminable lista de opciones que ofrece, en la que encontramos desde climatizador de una zona -con unos mandos de lo más incómodo-, hasta navegador, volante multifunción, distintos guarnecidos internos para techo y puertas -el cuero se pone en 1.404 euros-, techo solar doble, keyless -507 euros-, suspensión más dura -195 euros-, control de crucero, llantas de 17 pulgadas -como en nuestra unidad de pruebas, por 1.209 euros-, Bluetooht con puerto USB -409 euros-, faros bixenón... La verdad es que se puede personalizar tanto -junto a lo anterior ofrece adhesivos exteriores, combinaciones de color carrocería/techo...- que será difícil dar con otro Clubman igual al nuestro.